lunes, 12 de diciembre de 2011

BREVES POEMAS DE AMOR

I
Me detendré un instante a orillas de tus labios. Y no interrumpiré. Me detendré a oler esos besos que salpicas, como eternidad salpican las estrellas fundiéndose en esos ojos tuyos que jamás conoceré.

Me detendré tan sólo una vida. Un respiro si quieres. Una distancia, acaso nuestro propio anonimato. Y por cada madrugada y por cada anochecer, en esos mismos labios, dejaré mi alma encendida. Y cuando beses, sentiré esos besos como míos, en el silencio de mis pequeñas lágrimas de mundos y temporales.

Me detendré, como se detiene un poema ante su propia soledad, como se detienen la vidas para amarse un infinito entero, como se detiene el único rocío en la piel de su única flor, y ahí me quedaré sin interrumpir, fundiéndome a orillas de esos labios tuyos que jamás besaré.

II
Te contaré una historia que quizás nunca fue historia.
Una en donde danzaron luciérnagas pintando el barullo de los silencios más tristes,
Una que nos hizo pertenecernos hasta lo infinito. Una en donde ni siquiera regañaban los espacios vacíos y cada uno de nuestros besos paría más besos alrededor. Una historia que nunca fue historia. Como haber dado tanto y no haber dado nunca. ¿Entiendes esa historia?

Una historia que habla de infinitos viajes buscándote en la memoria y en los tiempos. De lo amable del invierno que me toca y de lo indiferente de cada primavera que se aproxima. Historia que habla de lo escaso de mi respiro cuando me faltas. Cosa extraña, ya que nunca te he tenido.

Porque se me caen tus ojos y se me cae la geografía que un día te regalé, sin verte, en los míos.
Se me caen las noches. Una tras otra y ni siquiera sé cómo sobrevivo.
Se me caen los pétalos de sacarte de mis sueños y también se me caen mis propias lágrimas, esas que un día dije que jamás caerían como fantasmas grises o como esta historia que se me cae siempre a medianoche.

Me sé amándote, pero también me sé perdido.
Me sé un beso tuyo y también me sé un adiós tardío.
Me sé un pequeño sueño y me sé, un pequeño espacio entre nuestras vidas. Vidas que jamás se fundirán almas y cuerpos adentro, en un eterno orgasmo de pasiones y estrellas.
Me sé el viento mismo y me sé la soledad de la brisa más pequeña.
Me sé un corazón latiendo en ebullición y me sé uno que muere cada noche sin latidos.
Porque me sé una historia nuestra y también me sé una que nunca hemos vivido o quizás siempre hemos perdido. 

III
Qué podría esperar, si en ti puse toda mi vida y toda mi muerte.
Qué podría respirar, si te di todo mi aire y todas mis ganas de existir.
Qué podría soñar, si te has llevado hasta mis hadas y mis tesoros escondidos, y qué decir de mis infinitas caricias que levantaron mundos alrededor de tu mágica piel.

Qué podría sobrevivir, si hasta el tiempo primero se llevó mis pulsos y mis latidos.
Qué podría sonreír, si te di hasta las migajas de mi risa y los mendrugos de mi propia paradoja.  
Y ¡qué podría llorar, si me he quedado hasta sin lágrimas!
Todas las repartí contigo y cada noche avergonzada tiene una y cada instante de fracasos también.

Porque ahora ni siquiera te puedo llorar.
Ni siquiera te puedo soltar amarga y extraviada ojos abajo.
Pedazos de dolor deslizándose hacia el olvido.
Cayendo titilantes de frío.
Amantes abandonadas.
Ternura que me despoja de la única espera, del único respiro y del único sueño que una vez amé entre júbilos y delirios.

Ves… Qué podría esperar, entonces, si me has robado mi fe de amar.  
Una brevedad enamorada del destino. Una brevedad equivocada.
Un corazón que nació de la nada y sin embargo, empezó a morir contigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario