Te quedarás esta noche a dormir conmigo, preguntó un niño apenas vigílico a mitad de la medianoche. Y aquella silueta que debía responderle, no lo hizo. Y al instante sus ojos titilaban amargos de tristeza, como si de pronto una llovizna de melancolía se los incendiara Hubiera preferido el silencio de esa luna tan salpicada de menguantes que se colaba por las rendijas de su lúcido tragaluz. Y la noche otra vez lo amarraba al sueño. Y volvía a dormir.
O quizás hasta la misma brisa helada, que galopaba entre los abrigados árboles invernales afuera, le hubiera respondido sino se hubiera quedado dormido, pero hubiera sido otra historia que contar.
Una pregunta y un silencio de respuesta. Parecía que el mismo rechinar de la vieja madera de su cuarto respondía más nítidamente. Ni siquiera la pequeña flama de una gastada candela mostraba una piadosa luz Y que cada noche, casi a si misma, se apagaba.
Y tanto era la tibieza del muchacho mientras dormía que muchas veces apenas se despertaba, entonces, él veía una silueta o lo que apenas sus ojos semiabiertos le mostraban y preguntaba... ¿Te quedarás esta noche a dormir conmigo?. Y esa silueta nunca le respondía.
En un amanecer como tantos, su abuela, le llevó a la misma hora el desayuno
Buenos días muchacho mío, dijo la mujer
Hola abuela, le respondió el muchacho, sentándose en la cama para recibir su desayuno…
¿Adivina con quién soñé?, le dijo muy contento el niño…pero antes de que le respondiera su abuela… replicó..¡Soñé con mamá!…fue hermoso… y me llevó a jugar a la nieve…...la extraño mucho sabes, le señaló, aunque a veces me olvido de ella… Volvió a interrumpirse a sí mismo, pero está vez, era tanta su hambre, que prefirió empezar a comer esa deliciosa hogaza de pan que acompañaba su desayuno, que seguir hablando de esa fugaz alegría.
Ella simplemente asintió con la mirada y una leve sonrisa.
Hoy si quieres vamos los dos a jugar a la nieve, le consintió la mujer…y el muchacho sonrío tanto, como el hambre que tenía devorándose aquel sabroso sándwich.
La mujer, se acercó al pequeño mientras masticaba, y le regaló el beso más hermoso que se le puede dar a un niño. Aquel de una madre que desde siempre ha sido sustituta.

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