sábado, 26 de noviembre de 2011

MI PROPIA TERNURA III

IX

Y ya ves…cada día tiene sol y tiene una sonrisa y cada cerrar de ojos tiene la fe de los volantines jugando a encumbrarse, a los colores embriagándose de cielo. ¡El mismo suspiro de los  pájaros salpicando libertad y la fe del respiro! Ya ves…toda una primavera de amantes desconocidos colgados a la eternidad, amantes vivos, como tus ojos que me regala mi propio corazón cada amanecer. 

Pues, ya ves… me sé uno contigo, desnudo y asomado a los vientos últimos del amor, aunque acabe al día. Y aunque jamás hallemos nuestras miradas tejiendo una mortal eternidad, aunque nunca tu beso y el mío sea nuestro, bajo el mismo sol o bajo la misma sonrisa.

X

¡Déjame regalarte un único beso que he guardado a través de los tiempos!
Déjame darte la humedad de mis ganas, el polen de mis acertijos y la fe de sentirte mía.
Déjame esculpir el alma y esas caricias de celosas noches enredadas.
Déjame la luz de tus ojos encendidos, como faros en medianoche y la sed de salpicarme con tus caricias. Déjame vivo entre esos laberintos de tu piel tan mía. Déjame amarte como un intruso y un desconocido. Uno que muere a través de los tiempos y de la melancolía misma. Déjame sentir aquellos cuerpos fundiéndose de mundos y de cielos manando una pléyade de mariposas en orgasmo.  ¡Déjame herirme de ti y saciar mi ternura de siglos, contigo, mujer de aquel único beso que te he guardado. 

XI

De las lágrimas que han sumado piedras y caminos en esta vida de
Instantes y lloviznas, me quedo con ese tiempo que nos dimos, con esa sed que quitaron nuestros labios atrincherados en un beso que jamás se repetirá.
.
Me quedo con nuestras idas y venidas a las tentaciones. A la paz de confundirnos entre sábanas pegadas a la piel de aprendices enamorados.
Me quedo con el delito de amarte y el suicidio de perderte.

También me quedo con los respiros que han sumado ahogos y temporales en ese pequeño intento de mundo que entonces fundamos. Y qué decir de estas manos, tuyas y mías que ahora se guarecen de la soledad de las edades tanteando una piel ya extinta, porque siempre me quedaré con esas manos tuyas y esas manos mías matándose de cariños locos a orillas de la imperfección.

Y qué decir acaso, de aquellos enredos y desenredos de almas, lanzadas a sobrevivir a la intemperie de los romances, fugaces y tenues, como retazos de fantasmas mendigando ternura. Por eso me quedo con la suspicacia de inventarte cada noche. De hasta sonreírle al aire mismo. A los vacíos, que una vez entibiamos con nuestras lágrimas.

Me quedo con la algarabía de los relojes aplaudiendo el trasnoche de mis asustados insomnios.
Me quedo con mis propios equilibrios que más bien parecen delirios.
Me quedo con tu voz que aunque me niego, por cada lumbrera del cielo se hace más vacía.
Me quedo incluso con el esplín  de no volver jamás a sentir nuestros cuerpos en guerra Una guerra perfecta y nuestra. Entonces, me quedo con esas piedras y con esos caminos. Me quedo con el haber amado tanto sin haber pedido nada.

XII

No hacen falta tantas palabras…sé que estoy muriendo y sé que extraño tanto tus besos, tu voz acaso, tu compañía o lo que yo creí un sueño, un día. O una primavera que pensé, jamás moriría. Un te amo de aves libres e intensas. Almas pequeñas, acaso vidas que se ha ido tan lejos de nuestros únicos respiros.

Porque cuando no estás, simplemente invento todo a mi alrededor.
Invento la ternura, que ya nunca más llegará.
Invento hasta los espacios llenos cuando son sólo espacios vacíos.
Invento sonrisas donde sólo hay lágrimas pesadas.
Invento cordilleras para ver nacer un sol que se niega a salir.
Invento compañía, como el mar que inventa la inmensidad, para no sentir el abandono de los continentes.
Invento respirar, porque me falta respiro,
Invento hablar, pero me faltan las palabras. Se me olvida hasta el idioma mismo y los propios acertijos de mi corazón.
Y de tanta tristeza, me falta vida para llorar. Me faltas tú.

Porque invento felicidad donde sólo hay lágrimas.
Invento hasta la ternura que me falta.
Invento noches que te abrazo y ni siquiera me abrazo.
Invento estrellas, acaso futuros y conformidades y ni siquiera miro al cielo.
Invento mis veredas y mis rincones donde no hay calles.
Invento mis tiempos y los lleno tanto que noto mis vacíos.

No hacen falta palabras, porque nada soy en soledad. Sólo soy el más pequeño invento. Ese instante de alegría que permanecerá lo que dure mi propia noche si ti.

XIII

Tantas veces nos llamaron besos. Y no parecíamos siquiera
Tantas veces nos amarraron cuerpos Y tampoco lo parecíamos 
Tantas veces nuestro mejor incendio era uno a quemarropa hasta ser silencio y ceniza.
Distancia convertida en distancia. Indiferencia de noches imperfectas. Tantos y tantos suicidios alrededor como bocanadas de volcanes casi muriéndose a los pies de una guerra de vidas atadas y diferentes.

Tantas veces sed que hasta se nos congeló el alma.
Tantas veces hielo y tantas, adiós.
Tantas veces una promesa y tantas, una decepción.

Tan idénticos hasta en la indiferencia,
Hasta las tristezas se parecen tanto
Tú lloras en otoño y yo en invierno.
Y mueres mientras yo muero.
Y olvidas amanecer, como yo olvido primavera.

Tantas veces nos llamaron rocío cuando ahogaba la sequedad de la ternura
O los poemas que jamás llegaron al oído
O simplemente hasta en eso nos parecemos.

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