domingo, 27 de noviembre de 2011

LAS CUATRO ESTACIONES (CUENTO)


Y se juntaron aquella vez las cuatro estaciones. La primavera llegó vistiendo flores y pequeñas capullos de ángeles bordados y saludando a todos, y sonriendo se sentó al lado del siempre problemático otoño. Luego asomó entre relámpagos y migajas de nieve, el invierno. De ojos fríos y de manos llenas de infinitas estalactitas.. A nadie saludó. Simplemente se sentó.

Y mostrándose vanidoso y lleno de sudor y con un sol intenso que le colgaba de sus cabellos, apareció el verano y sentóse al lado de la primavera. Y Tampoco dijo nada.

Tengo un reclamo que hacerte, primavera, acusó el otoño,

Infinitos jardines florecen, los árboles vacíos se incendian de vivas metáforas de arco iris y todo reverdece alrededor tuyo cuando llegas. Y traes también, esperanza después del adiós de mi amigo, el señor de la soledad y de las heladas, indicó muy convencido el otoño, pero a los hombres los engañas. Les das una fe que entristece, que no tiene valor ni sentido, porque, luego llega tu amigo el verano y tan holgazán que, simplemente ni se preocupa de tus jardines y de tus flores. Y es tanta su apatía que incluso me cede su lugar. Entonces, aparezco para arrancarle el corazón a cada flor y a cada hoja. Y todo tu verde y colores simplemente se lo llevan mis hijas ventiscas Y toda la naturaleza queda otra vez vacía y llena de pena, sentenció el otoñó más luego agregó con más ímpetu. Y qué decir cuando nuevamente regresa mi leal amigo el invierno…

¡Qué fe es esa, entonces, que regalas, primavera!¡Detén tamaño engaño!, exclamó furibundo finalmente el otoño.

Un poco incómodo, el verano sólo secaba su frente del sudor intenso que manaba e inquieto una y otra vez se reacomodaba en su silla preferida. Nada decía, sólo se abanicaba y a cada rato bostezaba. Nada le preocupaba. Su incomodad fue tanta que se levantó y optó por marcharse.

Un poco contrariado se levantó de su asiento, entonces, el invierno, violento como de costumbre y vociferando fuertes lluvias de agua gélida. Nada supo de reclamos ni de respuestas. Siempre traía sus oídos tapados con nieve de la más dura y de la más eterna. Y sencillamente se fue, como el verano.

Otoño, otoño, has dejado irse a tu amigo el invierno, musitó la primavera.
Así también has dejado tú a tu amigo el verano, le respondió de inmediato el otoño.

Pero mi amigo no trae soledad, más bien trae relajo, le respondió la gentil primavera.
¡No me cambies el asunto, primavera,! volvió a inquirir el otoño, ¡y respóndeme!, ¡por qué engañas tanto a la naturaleza y a los hombres!, muy enérgico clamó nuevamente, el otoño.

Yo no engaño, otoño. Mi fe es la fe de volver a empezar. Que maravillosa es la vida cuando después que las flores se han ido sueñen regresar. Y regresan, más fuertes que ayer. Así como la sonrisa de quienes han dormido pacientes todo tu viento y quejumbre, y toda la frialdad de tu amigo el invierno. La fe de empezar cuantas veces sea necesario ese es el valor de mi vida. Así es y será siempre, le dijo la primavera.

Finalmente, el otoño, no entendiendo nada se levantó de su asiento y salió enojado y soplando quejas y más quejas. Y botando cuanta flor y hoja se le interpusiera en su camino.

Hay quienes son invierno, porque solo saben de soledad y de frío. Y ni siquiera se tienen a sí mismos. Esos inviernos han dejado de sentir.

Hay otros que semejan verano, y sudan y sudan sin sueño alguno. Ellos existen mas no viven. Existen porque así deben vivir, sin cuestionar nada y aceptándolo todo y siempre escapando de todo. Y no miran nada. Esos veranos han dejado de mirar.

Y los hay también quienes siempre se quejan soplando y soplando y es tanto su viento que ni siquiera escuchan latir su propio corazón. Y destruyen todo a su paso. Y son grises. Esos otoños han dejado de escuchar.

Pero hay personas como tú, que se parecen a la primavera. Que sienten el vuelo de los pájaros, el romance de las olas y el coral. Que sienten incluso a los árboles sonreírle a la brisa o a las flores cuando las amamanta el rocío. Y que miran…miran la dulzura de las nubes conjugándose con la geografía. Miran el obsequio del oxigeno, miran a los niños jugando en las plazas, y entre chocolates y pequeñas risas, llenan el alma de alegría.

Y también, esa primavera, escucha. Escucha la danza de las almas brincando entre jardines y esperanzas. Escucha el amor que viene. Escucha la vida que brota y también la que se despide, como esta historia que has leído, por ejemplo.

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