domingo, 27 de noviembre de 2011

POEMAS PARA UN HOMICIDIO II

V


Si pudiera cambiar todo, cambiaría todo... cambiaría las estrellas y las pondría debajo de mi almohada. Y cambiara ese tiempo que me perdí de ti. Si pudiera cambiar hasta lo que respiro, ya no respiraría y me quedaría con el olor a tu piel húmeda amarrándose hasta el infinito a mi piel tan desierta. Me quedaría con cada uno de mis dedos envolviéndose con tus dedos. Con ojos apenas despiertos a mitad de una ciega madrugada.


Cambiaría mil noches por una noche. Poemas por un te amo.


Si pudiera cambiar todo, cambiaría tus respiros para hacerlos más lentos, así los disfrutaría uno a uno hasta que ni la muerte pudiera respirar. 


Cambiaría los horarios y los relojes de pared. Cambiaría lágrimas por sonrisas, espejos por miradas y cambiaría tiempo por humanidad.


Si pudiera, mujer de mis insomnios, cambiaría cada uno de los caminos donde he naufragado. Cada uno de los océanos que me han visto navegar a ninguna parte. Cambiaría las tempestades y los vientos. La misma aurora boreal y la misma melancolía, cambiaría.

Me quedaría con el único calor que no hace fría mi cama, con la única sangre que amanece primavera en mis venas, con la única mujer que he amado tanto con todo este silencio que llevo a cuestas.. Y que ni siquiera sé como es, pero está ahí. Debajo de mi almohada.


Cambiaría todo incluso sería amigo de las luciérnagas para que alumbrasen tu llegada algún día. Sería amigo de mis propios versos, esos que me asesinan cuando los escribo. Y hasta mis propios miedos llegarían a ser felices conmigo. Abriría los idiomas  y todos los fonemas te llamarían.


Sabes, mujer del barlovento, pese a todo, estoy intentando salvar este sueño de ser sin ti. Quizás en escombros de ternura. Quizás, esta vez asesinándome yo mismo a cada instante y procurando que ni mi sombra me vea. Ni siquiera sabiendo que ojos tengo o cuándo llueve en ellos.


Cambiaría tanto, mujer… Cambiaría planetas enteros, nebulosas más allá de la imaginación y me sentaría en las faldas de lunas increíbles para llamarte en cada rincón de la palabra te necesito.


Si pudiera cambiar todo, cambiaría todo... cambiaría las estrellas y las pondría debajo de mi almohada. Porque debajo de mi almohada, estás tú y es donde también mueren mis sueños cada noche. Y cambiara ese tiempo que me perdí de ti. Que es el mismo tiempo que ahora me olvida.


VI


Hoy…hoy no diré nada del amor. Porque el amor no necesita palabras. No necesita labios porque es más que un par labios esperando besar. Es más que los instantes y versos que voy juntando a orillas del tiempo, como un poeta que junta lunas en sus nigromantes pupilas.


El amor no necesita siquiera caricias, pero por Dios que hacen falta. Pero hay veces que hasta yo me hago falta. El amor fluye. Viene y va como el viento. Es tan invisible, que ni siquiera se ve a sí mismo. Y no necesita palabras, ciertamente, porque se desparrama más allá de los idiomas y de los abecedarios. Ni siquiera es primavera porque florece y es capaz de morir en tantas hojas como el más otoño de los otoños. Y así como se acerca y llega a quemar como un verano lleno de pasión, así se aleja, pareciendo el más frío e indiferente de los inviernos.


Oh el amor, tan alocado y tan sereno. Tan valiente y tan cobarde a la vez. Todos le llaman y a todos los toca. Y cuando se va, es cuando más lo sentimos. Porque es lógico y es absurdo. Es real y es mágico. Es hombre y es mujer. Es viejo y es también joven. Es alimento y es hambre. Es agua, y es la sequía más intensa de todas.


Es la más grande verdad y la mayor mentira del mundo. Es la sonrisa vistiendo de lágrimas y es la tristeza vestida de alegría a la vez. Es como mil memorias y es como mil olvidos. Es lo que nos hace perfectos y también lo que nos hace más imperfectos. Es la cercanía de un beso o simplemente es la distancia de un recuerdo.


Ves, dije que no escribiría nada del amor, y no ha sido así. Te he engañado, pero tú me has engañado siempre. No te debo nada y no me debes nada.


VII


Debería de haber muerto al principio de todas las cosas.
Debería de haber sido más que la lluvia que siempre moja o más que el aire que siempre respiro, o más que manos que siempre hurguetearon en fantasmas noches por la más mínima caricia. Debería de haber sido menos de lo que pensaba y más de lo que amaba.


Debería de haberme quedado más en las plazas y también debería haberme subido al árbol más grande de aquella plaza.


Debería de haber sido más amigo de mis amigos. Y menos ausente. Más loco, más quijote, más beso que un beso. Más mirada que ojos y más ruido que oído. Debería.


Debería de haber tenido más palabras que números y más idioma que lengua. Y más poemas para regalar. Porque me quedé con más almas de las que puedo sostener. Debería de haber dicho te amo, pero también debí haberme disculpado.


Debería de haber extrañado más. No saberme tan solo. Saberme vivo. Debería de haber abierto más ventanas y haber visto más de cerca al sol o quizás a esas encumbrdas estrellas. Debí de haber naufragado más en la lluvia o haber sido el más pájaro de los pájaros zozobrando en los aires misteriosos de tu olor o de haber tenido manos delicadas que te hubieran sentido toda esa eternidad que llevas dentro.


Debería de haber hacer tantas cosas y no las hice. Por eso debería de haber muerto al principio de todas las cosas. Porque así al menos no hubiera debido tanto a una vida que ya me desconoce y que ya se me está yendo hasta de la memoria misma.


VIII


Desearía no estar y estar. Estar cuando regreses del anonimato y del suicidio. Cuando sienta tu abrazo y tu calor de soles intensos. Más no quiero estar cuando me empape tu olvido tampoco, cuando de mis ojos lluevan nostalgias y el adiós que se me cae del alma incluso ahora mismo.


Desearía no estar en los días y estar en las noches colgado como un infinito de besos que te llaman y dejar una humedad de siglos en tus labios.
Desearía no estar en la penumbra de tus manos y estar en la luz de tus caricias.
No estar en el dolor de vivir ausente y estar en la sonrisa que le robé a tu corazón un día. 
No estar cuando me sé perdido y estar cuando me encuentro a orillas de tus mejillas bajando hacia la eternidad de tu piel encendida.


Desearía estar en tus ojos o simplemente ser el verso que viaja a lo más hondo de tu oído dormido, porque ya no quiero estar cuando tú no estés.
No quiero despedirme del viento sin siquiera sentir una muerte que ya sé mía. Ni de los astros ni de la brisa de tu cuerpo, quiero despedirme, porque todo se hace invisible. Desearía no estar y estar.


Estar en tu cuerpo y no estar.
Estar en silencio de tu mirada y no en el bullicio de los cándidos edificios
Estar en vuelo con los afectos y no estar con las indiferencias
Estar y no estar, como un sueño que se despertó de su propio sueño, tiempo atrás.

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