I
Dónde queda el arco iris, me pregunto o dónde queda la comisura de tus labios.
O dónde queda esa piel tuya que me quitas cada anochecer cuando no te encuentro junto a mí.
Dónde queda, me pregunto el agua para beber la sed de esas vidas tuyas que me pertenecen.
Y dónde quedan las estrellas, porque quiero esconderme, quiero encaramarme a lo más luminoso y morir en una noche cualquiera. Cualquier noche me sirve.
Dónde queda ese tiempo sordo, ese que se me viene encima con espacios vacíos y palabras dormidas al viento. Dime dónde, porque la paz de mis manos está causando demasiados temblores y mi alma se está viniendo mejillas abajo y la verdad ya ni siquiera me hablo a mi mismo como para detener tamaño homicidio.
Dónde queda, mujer, esa primera lágrima tuya y en dónde queda la postrera mía. En dónde se quedó nuestro amor y en dónde me he quedado sin ti..
II
Permíteme sonreír cuando todas las sonrisas se hayan ido.
Permíteme la alegría del arco iris dibujado en mis pupilas.
Permíteme decirle adiós a mis penas y abrazar lo tibio de tus caricias.
Permíteme soñar contigo, cada noche, cada estrella, cada universo, cada oscuridad, sentir y amar lo que tanto he amado. Amanecer lo que tanto he anochecido.
Permíteme vivir lo que tanto he muerto y morir lo que tanto he vivido. Sé mi luz y mi oscuridad al unísono, como un verbo único resucitando entre los escombros de mi vida..
Permíteme un beso a medianoche en todas mis lunas. Permíteme sangrar de amor.
Permíteme dejar abierta la puerta de mi alma para que tengas siempre un regazo inconfundible.
Permíteme, entonces respirar tu respiro, amar lo que amas, caminar lo que caminas, sentir lo que miras, lo que tocas, lo que sueñas, lo que te hace distante y lo que te hace mía. Estés donde estés. Lo que mueres y lo que vives porque muero y vivo contigo.
Permíteme desaparecer contigo. Hacerme el más invisible y el más callado de tus aromas. Hacerme una loca geografía sólo para tus ojos. Dibujar penínsulas con tu piel y crear continentes amarrados con el fuego de tu último beso o permíteme abrir esos espacios vacíos, el anochecer primero, como una pléyade de besos arrinconados y amorosos, todos sembrados en tu boca y en la mía. Permíteme danzar entre limbos maravillosos de poemas que todavía cultivo en este corazón tan invierno que tengo, como el más paciente de los jardineros.
Por eso permíteme sangrar poesía, sangrar por estas distancias y cercanías que nos separan y nos acercan, porque mis venas están llenas de ti. Porque es el tiempo nuestro verdugo casual. Nuestra pequeña muerte de lágrimas vestida.
III
Qué haré si despierto muerto después de morir o si despierto sin ti, aunque seas una ilusión. Qué haré, si entre tanto arco iris o bicicletas de neón ni siquiera puedo verte como veo al sol o como veo mis simples manos cuando te buscan hasta en los reflejos.
Qué daría yo por contemplar tu asomo entre tanto carnaval y tanto disfraz. Ni siquiera pido tu cariño en primavera ni siquiera un beso a la distancia y a quemarropa, porque hasta se me caen los besos de mis labios fríos.
Qué haré si nunca llegas, si nunca siento tu respiro, tu boca húmeda o tu andar de estrellas o el calor de tu ternura porque te he aguardado vidas y muertes enteras.. Qué haré si no hay más amanecer que un sueño acurrucado debajo de mi almohada. Y si ningún pájaro canta un amor como el que te regalo en cada uno de mis suicidios.
O si la lluvia que pinta de cristales la soledad misma no me moja de tu piel, de tus verbos haciendo el amor en la umbra de los planetas, detrás de los paraísos y de los poemas invisibles.
Qué haré con los pedazos de vidas que nunca pude juntar, con los sueños y con esas estrellas todas distantes a las que les dejé tu olor de imposibles. Qué haré cada noche, cada lágrima, cada universo que inventé. Cada pedazo de alma. No puedo escapar y esa es mi verdad a fin de cuentas.
Qué haré sino mirar cómo desaparezco entre flores que quise mías. Sólo puedo decir adiós. Un adiós a la distancia, a las ilusiones que se desmoronan entre lágrimas y espejos. Sólo sé decir que amo cada flor en tu sonrisa, cada pedazo de mundo que asomaba en tus infinitos ojos míos, cada soledad. OH, maldito amor, cómo dueles hasta la muerte misma. Maldito de ternura, de besos que se fueron callados sin preguntar al menos a qué hora yo moriría.
OH qué haré si de todas las vidas que tengo ni siquiera me queda la tuya. Qué haré si despierto muerto después de morir. O si no hay vida sin ti.
IV
De entre las sombras de un beso antiguo me quedaré a sembrar cenizas. Un amor que simplemente se me ha perdido entre los escombros de tantas vidas o entre las migajas a las espaldas del arco iris.
Me quedaré como se queda un reflejo, como se queda un te amo en la comisura de los labios, como se queda el frío de una soledad premeditada. Porque sembraré en ti hasta el cansancio de las estrellas, hasta la rebelión de la ternura, hasta el suicidio de mis ganas de universos colgándose en la umbra de las caricias que te guardo.
Y recordaré cada momento, cada instante porque de eso he vivido y de eso estoy muriendo como colgajo de inútiles poemas escritos a sabiendas de un millón de lágrimas perdidas. A sabiendas que ni siquiera me espera el silencio de tu voz tan mía.
Me quedaré cerca de tus odios y tus próximos arrebatos. Me quedaré en tus manos frías o en ese invierno tuyo lleno de soles encerrados. En las orillas de tus ojos por si se te escapa algún bosquejo de nuestro amor invisible.
Y estaré muerto en esos espacios negros que sólo la tristeza conoce y que guardas en ese corazón tuyo que ya no quiere amar. Y estaré muerto como un niño, hasta que tus ojos regresen a mis ojos. Por eso te escribo para que no me dejes morir entre manos que se hacen frías cada vida, entre sonrisas que han olvidado sonreír.

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